Mujeres con alas y otros ángeles por el estilo. Agustín Monsreal

¿A quién de las innumerables tú que eres dirijo mis palabras?

Así comienza “Mujeres con alas y otros ángeles por el estilo”, un libro que invita a llevarlo a la cama antes de dormir, entre los brazos y el pecho, en silencio, con mucho tiento y prudencia, porque, conociendo a Agustín Monsreal, conociendo la manera despiadada y lúdica con que trata a sus personajes, conociendo su perversa seducción, se corre el riesgo de no salir ilesa de las provocaciones causadas por la lectura. Con perspicaz convicción nos enmaraña en mundos internos donde la mentira, lo pusilánime, las partes oscuras de la condición humana, remedan la realidad; la calcan de tal forma, tan adjetivamente cuidada, tan meticulosamente puntual, tan irremediablemente hábil, que quien lo lee puede pensar “este hombre puso el dedo en mi llaga”.

¿Qué terrenos nos instiga pisar? ¿Es verdad o farsa lo que viven o cuentan o padecen sus personajes? Tenemos motivos para pensar que el escritor sabe lo que dice, que lo sabe muy bien, mas se vale de la habilidad y apuesta su conocimiento en voz de algún personaje, como la mujer con alas que enumera 40 tipos de amor:

El amor impuro, el amor ciego, el amor que también es odio, el del cerebro y el de la carne, el que exalta y el que denigra, el que solo es palabra y el que solo es placer, el que nace muerto, el que apenas nace y ya es olvido, el sordo y el sonoro, el de fuego y el de agua y el de luz, el que salva la vida y el que destruye, el que existe de lejos, el que se basta a sí mismo, el de sangre, el de crepúsculos, el iluminado y el sombrío, el que es solo una esperanza y el que se mastica, el que duele entre los dientes, el que se confunde con saliva, el que se predica y el que se ejerce, el que es mar y ahoga, el que es piedad y es castigo y es orgullo, el amor sublime y el miserable, y el indigno, y el trágico, el contradictorio, y el secreto…

Maestro del cuento de la vida, a fuerza de estarse inquieto frente a la página, con fuerza de voluntad para seguir su aprendizaje interno, con las ganas enteras de señalar ciertas entretelas de la cotidianidad, emplea eficaces técnicas narrativas; sabe que son sus aliadas y ellas representarán el papel que su corazón les dictamine. Agustín Monsreal no describe a sus criaturas de manera común y corriente. A propósito de las miradas, hay dos mujeres con alas que nos muestran ejemplos contundentes: de ellas no dice: ojos negros, pestañas largas, pupilas grandes. Delinea:

los ojos de mamaíta no duermen, no descansan; aunque fijos y vacíos, siempre están abiertos, como si vigilara, como si aguardaran algo que sabe que un día van a ver, algo que habrá de devolverle la luz de su mirada.

Así, a partir de los ojos de mamaíta, sabemos con certeza lo que sucede, no en su apariencia externa, sino en su interior, porque han ido a hurgarle su intimidad.

Otro personaje deja caer la vista al suelo, con una costumbre que tiene de bajar los párpados siempre que uno la ve directamente, como si quisiera esconder con los ojos las imperfecciones del alma, como si ellos fueran los espejitos donde uno pudiese encontrar reflejados sus secretos, y también como si se avergonzara de ellos, que es lo más lamentable.

Las atmósferas pintadas en el libro también corresponden al mundo interno:

La calle se mostraba desordenada y vacía, igual que si le doliera algo. De seguro, dirán ustedes, a una calle no puede dolerle algo, pero con la frase es indudable que a nosotros, lectores, nos dolerá la enfermedad del desorden, de la lasitud, del abandono.

Agustín Monsreal ve la realidad de otra manera, fija la mirada en puntos distantes y descubre lugares poco visibles para el común de los mortales, emplea diversas voces narrativas según necesite la historia que escribe. En ocasiones elige esa tercera persona omnisciente que todo lo sabe. Al avanzar la lectura nos damos cuenta de que esta voz carece de una anécdota lineal, tanto que puede provocar incertidumbres tales como:

Eran las once de la noche, las once y media, quizá. El reloj de la pared estaba detenido a las ocho y veinte de un ayer o de un hoy idénticos entre sí, vanos igualmente e imprecisos, por lo que podrían ser, también, las ocho y veinte o las once de la noche de mañana. No resultaba fácil determinarlo.

En el cuento “Cuaderno escolar”, quien narra pareciera ser alguien de la familia, cuenta con precisión los acontecimientos, los anota enumerados en su cuaderno, sin embargo, poco a poco deducimos que la acción ocurre en el pensamiento, es una voz incierta interviniendo en la vida familiar con una mezcla de horror lúcido e inocencia dolorosamente perturbadora.

El empleo de la primera persona no es menos acertado, al contrario, el autor piensa y siente al personaje, ese yo ─aún si es una mujer con alas─, confronta la morada íntima de la escritura permitiendo cobrar fuerza y apariencia y vuela o cae o surge o se desvanece en un punto final o, en la mayoría de los cuentos, en unos puntos ambiguos que el lector debe precisar. A veces no es fácil leer algunas historias aquí narradas, el escritor le deja la última palabra a su lector cómplice, lo hace trabajar, pensar, sentir. Lo deja decidir.

Otro rasgo irremediable de la escritura monsrealiana es el humor, lo traza con malicia, desenfado e irreverencia, mas no de manera gratuita, claro que no, su astucia sarcástica, su violenta ironía, su burla, el sutil humorismo, tienen bases sólidas que deslumbran con filo innegable. Vaivenes que van entre la risa, la carcajada, el puchero y un llanto quedito que no levante sospechas. Cuando lean el libro sabrán a qué me refiero.

Agustín Monsreal ha confesado que su reto es escarbar, ahondar, hundirte en los personajes hasta hallar el origen del delirio, o de la exaltación, o de la porfía, hasta que los personajes mismos te revelen su secreto.

Según mi entender, el personaje principal de la obra literaria de Agustín Monsreal es el lenguaje, o, para decirlo en el femenino plural que él prefiere: son las palabras. Con ellas, el escritor crea mundos artesanales donde inserta, fija, hinca la imaginación, la realidad profana, una historia que no es un suceso o una simple anécdota; con las palabras hace poesía, con ellas hurga las zonas oscuras del alma, remueve la verdad, la ausencia, el sueño y la ensoñación, la esencia, el miedo. A las palabras les inventa sustantivos, las adjetiva anerviosadas con cariñosidades trizadas de rencor oprobiándole hurañeza acostumbradamente certero.

Cuando una acaba de leer el libro no queda más que acurrucarlo, arroparlo, y guardarlo bajo la almohada acaso averiguando: ¿mujeres con alas?, con alas en dónde, con alas de qué, e imaginar cómo son nuestras propias alas.

En la contraportada bien dice Laura Elena Barrientos “la condición humana se ve expresada sin concesiones mediante resonancias que nos resultan comunes”. Aplaudamos la presencia de Agustín Monsreal en este inmaculado ejemplo de maestro.

Editado por: UACM Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

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